jueves, 7 de febrero de 2019

MAL DE ESCUELA: MI REFLEXIÓN

Aquella vieja frase de "no es más limpio el que limpia, sino el que no ensucia", bien podría transformarse en "no es mejor el que pide perdón, sino el que no peca". Sobre todo si partimos de la base de nuestra inclinación generalizada hacia el "pecado", aunque éste sea ya un término en desuso.

El problema es que algunos somos pecadores profesionales, y eso nos empuja a tener que pedir perdón constantemente. Y seguro que eso es evitable, pero nuestra falta de voluntad para cambiar aparece como una barrera infranqueable.
A quienes se nos educó en la fe cristiana, ya se nos inculcó repetidamente que el perdón de los pecados requería de arrepentimiento, penitencia y propósito de enmienda. Y parece que yo siempre me quedo en eso, en el propósito, pero no en la enmienda.

Esta reflexión me viene al pelo (que ya  casi no tengo) para hacerme una pregunta:
¿Puede un profesor o un padre tener intención de dañar los sentimientos de su alumno o su hijo cuando corrige, advierte o reprende un comportamiento "equivocado" del mismo?
Pues seguramente en muy pocos casos existirá una voluntad clara de hacerlo. Puesto que tendría que tratarse casi forzosamente de personalidades muy retorcidas.

Pero la triste realidad es que así sucede a menudo. Son muchas las veces que hacemos daño a las personas que nos rodean de forma involuntaria. Y las razones seguro muy diversas: torpeza, ignorancia, falta de habilidades comunicativas, exceso de verborrea, cansancio o un mal día, falta de empatía, proyección de nuestros complejos y frustraciones, y un largo etc.
Pero no todo lo que decimos impacta de la misma forma en distintas personas, porque siendo bastante parecidos en lo básico, en algunas cosas somos todos bastante diferentes. Debido también muy probablemente a una educación variada, por los diferentes factores: familia, etnia, pueblo o ciudad de origen, edad, sexo...

De hecho, hace unos pocos años en clase era muy frecuente recibir algún que otro "cachete" (pellizco, coca, torta, reglazo, colleja, borradorazo...) del profesor. En mi caso recuerdo especialmente un buen guantazo con la mano bien abierta (mi mejilla estuvo un buen rato dolorida y palpitando). Y otro similar de un monitor de campamentos de mi parroquia. Pero esas son otras historias...
Hoy día ello resultaría casi impensable, y podría suponer para el alumno una humillación sin parangón. No es de extrañar, puesto que los cánones han variado ostensiblemente en los últimos años.
Mientras, en cambio yo apenas pienso en ninguna de aquellas afrentas, y más bien me acuerdo de las cosas buenas y los momentos felices que pasé en mi infancia y adolescencia.

Pero no deja de ser una simple visión muy personal de las cosas, de la que es totalmente necesario escapar frecuentemente para mirar a través del prisma ajeno (hoy he tratado de hacerlo leyendo opiniones de mis compañeros). Porque después de leer los extractos que nos ha dado José María en la asignatura, relatando las vivencias de este profesor, no puedo evitar el sonrojo de ver cómo tantas infancias se han visto y se ven marcadas por el denominado fracaso escolar. Y que muy probablemente, sin darme yo cuenta en absoluto, muchos compañeros míos habrán vivido el mismo infierno a mi alrededor.
Y lo que es para mí peor como padre, el miedo a que alguno de mis hijos haya podido albergar ese sentimiento en algún momento.

Ojalá la sociedad en su conjunto camine hacia una mayor sensibilidad emocional, pero es muy difícil escapar a nuestra condición humana. Quizá por eso hace un tiempo se nos educaba con mayor disciplina y dureza, muchas veces con el ánimo de hacernos más fuertes y resistentes al rigor de los demás y de las exigencias de la sociedad. No con el simple deseo de hacernos daño.

Pero no olvidemos, que cuando desaparezcan algunas desigualdades en la escuela, y ésta posea un trato más individualizado y una mayor comprensión, en la realidad seguirán existiendo otras formas de estratificación social. Sean el dinero, la belleza, el conocimiento, la raza, las habilidades deportivas, las sociedades, clubes o colectivos, o cualquier otro factor; siempre habrá una excusa perfecta para ensalzar a unos y rebajar a otros. Por eso, entretanto, no estaría mal inculcar un poco de autoestima y una buena dosis de resistencia al fracaso y a la adversidad, junto a su pizca de cultura del trabajo y el esfuerzo.



1 comentario:

  1. En cuanto a tu pregunta: ¿Puede un profesor o un padre tener intención de dañar los sentimientos de su alumno o su hijo cuando corrige, advierte o reprende un comportamiento "equivocado" del mismo? No creo que la intención de los padres o profesores sea hacer daño al niñ@, solo pretenden describir una situación (este niño es un zoqueta, esta una inadaptada, el otro un abusón…). Ignoran que el hecho de verbalizarlo y hacerlo público no solo estigma al niño sino que contribuye a perpetuar esa situación.

    Es muy fácil y recurrido describir la personalidad y el comportamiento de otros con afirmaciones categóricas, pero es muy difícil salir de esa definición.

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